Influencia cultural de México: En el ámbito internacional
Influencia cultural de México: En el ámbito internacional:
Abiertas las compuertas de la libertad cultural por la Revolución mexicana, a partir de los años veinte fluyeron los torrentes de creación artística, hacia dentro y hacia fuera.
Los artistas e intelectuales mexicanos por su parte no cesaron de viajar a Europa, a Estados Unidos en estancias cortas o largas, como los dieciséis años que pasó Diego Rivera en París. Y todos regresaban.
No es cierto que los campesinos participaron en la Revolución porque no querían cambiar sino porque querían seguir teniendo una vida comunitaria basada en la sociabilidad, en la convivencia, en la familia, en el parentesco ritual de los compadres, en los arcoíris y sones y retórica cuya algarabía viene a sosegarse, como última ola de la vida que rompe suavemente sobre la muerte de la arena, en el Día de Muertos.
Los canales para la libre circulación de ideas no pueden y no deben ser usados para promover una cultura mundial uniforme. El objetivo de la Unesco era, y sigue siendo, la unidad-en-la-diversidad: ayudar a usar esos canales para que la cultura de uno pueda ser interpretada por otras culturas… que mejor puedan servir de fundamento a un pensamiento y una acción comunes; pero, de igual importancia, es que susciten el respeto por elementos divergentes.
En suma, los mexicanos nos podemos enorgullecer de los logros en la vida cultural y en la política cultural que se llevaron a cabo durante el siglo XX. Nos honran, asimismo, las políticas y el apoyo a los pintores y los escultores que permitieron crear el muralismo mexicano, reconocido en todo el mundo y, más tarde, la libertad cultural que permitió que surgieran sus antítesis, transgresiones y finalmente un arte postobjetual y móvil que se escapa de las telas, las galerías y de toda otra materialidad.
El performance, libertad expresiva con el cuerpo, como serpiente que se muerde la cola, cierra el ciclo del teatro comunitario y el simulacro que nos vienen desde tiempos antiguos.
Abiertas las compuertas de la libertad cultural por la Revolución mexicana, a partir de los años veinte fluyeron los torrentes de creación artística, hacia dentro y hacia fuera.
Los artistas e intelectuales mexicanos por su parte no cesaron de viajar a Europa, a Estados Unidos en estancias cortas o largas, como los dieciséis años que pasó Diego Rivera en París. Y todos regresaban.
No es cierto que los campesinos participaron en la Revolución porque no querían cambiar sino porque querían seguir teniendo una vida comunitaria basada en la sociabilidad, en la convivencia, en la familia, en el parentesco ritual de los compadres, en los arcoíris y sones y retórica cuya algarabía viene a sosegarse, como última ola de la vida que rompe suavemente sobre la muerte de la arena, en el Día de Muertos.
Los canales para la libre circulación de ideas no pueden y no deben ser usados para promover una cultura mundial uniforme. El objetivo de la Unesco era, y sigue siendo, la unidad-en-la-diversidad: ayudar a usar esos canales para que la cultura de uno pueda ser interpretada por otras culturas… que mejor puedan servir de fundamento a un pensamiento y una acción comunes; pero, de igual importancia, es que susciten el respeto por elementos divergentes.
En suma, los mexicanos nos podemos enorgullecer de los logros en la vida cultural y en la política cultural que se llevaron a cabo durante el siglo XX. Nos honran, asimismo, las políticas y el apoyo a los pintores y los escultores que permitieron crear el muralismo mexicano, reconocido en todo el mundo y, más tarde, la libertad cultural que permitió que surgieran sus antítesis, transgresiones y finalmente un arte postobjetual y móvil que se escapa de las telas, las galerías y de toda otra materialidad.
El performance, libertad expresiva con el cuerpo, como serpiente que se muerde la cola, cierra el ciclo del teatro comunitario y el simulacro que nos vienen desde tiempos antiguos.
El arte y los talentos mexicanos todavía brillan en el ámbito internacional, pero México ha perdido el liderazgo cultural que tuvo durante más de siete decenios y que ahora ha pasado a Brasil, Colombia, Perú y otros países latinoamericanos.


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